EL PROBLEMA NUNCA FUE FRANCISCO,
son los argentinos que nunca comprendieron de qué se trata
Muchos de los que critican al Papa Francisco desde ciertos sectores políticos, empresariales o incluso eclesiásticos, no comprendieron que el Papa argentino no representa una ruptura con la tradición cristiana, sino una vuelta al corazón evangélico del cristianismo: la opción por los pobres, la defensa de la dignidad humana y la denuncia profética de los poderes que esclavizan al hombre. Francisco habla con la lengua del Evangelio, pero también desde su enraizamiento con el Sur Global. Su mirada es la de un cristianismo encarnado en la historia, hispanoamericano, popular y profundamente comunitario.
No son pocos los que lo acusan de “populista”, de “anticapitalista”, de “intervencionista”, de “comunista” o de “anti-cristo, incluso. Pero lo que molesta, en verdad, es que haya puesto en evidencia que el Occidente liberal ha perdido el alma, que se ha deshumanizado descristianizado, que ni el liberalismo ni el socialismo puede salvar al hombre, y que la fe sin justicia es hipocresía institucionalizada.
El problema no es Francisco. El problema es una dirigencia argentina -económica, política, mediática, e incluso eclesiástica- colonizada mentalmente, que aún no puede aceptar que un Papa cercano al peronismo hable de justicia social, de fraternidad universal, de ecología integral o de economía al servicio del pueblo. Francisco no ha hecho más que tomar la posta de lo que Juan Perón y Eva Perón comprendieron mucho antes: que el hombre no se salva solo, que el amor es revolucionario y que la política debe ser una forma concreta de caridad social.
Francisco es incómodo, no porque sea ambiguo, sino porque hace temblar los cimientos de una Argentina acostumbrada al privilegio, a la hipocresía de sacristía y a la obediencia al capital extranjero. Él no representa una izquierda clerical ni una derecha conservadora: representa la voz del pueblo que sufre, del trabajador explotado, del descartado por el sistema, y por eso lo acusan, lo caricaturizan o lo silencian.
En lugar de defenderlo, muchos argentinos se suman al coro de sus detractores sin haberlo leído, sin haber comprendido que su pontificado es (no era) una oportunidad histórica para reconciliar a la Argentina con su raíz cristiana popular y con el destino de justicia y comunidad que marca nuestra doctrina humanista, federal y justicialista.
No fue el Papa el que se alejó del pueblo. Fueron los argentinos colonizados los que se alejaron del mensaje profundo de su palabra. Francisco no es el problema. Francisco es, quizás, el último faro espiritual de un Occidente que está en crisis antropológica.

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